Los berrinches no existen – Regulación Emocional

Escena en el supermercado. Estás con tu hija/o y de pronto quiere que le compres algo. Le decís que no, pero insiste. Inicio del berrinche. Aunque berrinche es una palabra injusta, que no describe adecuadamente lo que está pasando. Berrinche remite a ‘capricho’, pero los niños no tienen un ‘capricho’, tienen una experiencia emocional que no pueden regular por sí mismos y necesitan de otro que los regule y contenga.

La gente te mira y en tu cabeza aparecen palabras como malcriado, consentido, maleducado, desobediente. Todos las escuchamos alguna vez, muchas veces nos las han dicho a nosotros, o las han usado para calificar a otros niños que estallan en llanto y gritos ante una frustración. Y como mamás y papás siempre tenemos ese temor de que nuestro hijo se convierta en ese ser humano “insoportable” que nos dijeron que se iba a convertir si es muy atendido, si llora mucho, si no tolera un no, si hace “escándalo”, etc.

Los niños sienten lo mismo que nosotros: tristeza, enojo, vergüenza, angustia, aburrimiento, frustración, ansiedad, etc. y tienen sus motivos para sentir distintas emociones. Nos puede costar entenderlos, lo que a su vez puede lleva a que desestimemos la importancia que para ellos tiene lo que está sintiendo en ese momento.

Estas situaciones nos significan un desafío y un esfuerzo extra de paciencia como padres, y podemos sentir que nos resulta difícil calmarlos y contenerlos, que ellos se enojan y demandan demasiado. Nos encantaría que fueran mucho más independientes, autónomos y que pudieran regular sus emociones sin nuestra ayuda.

La regulación emocional es una función psicológica que se desarrolla y aprende, como tantas otras funciones o habilidades, en la relación con otros significativos.

La experiencia repetida de regulación con un otro sensible, disponible y tranquilo, que contiene en momentos de desregulación, ofreciendo su propia calma, permite poco a poco la maduración óptima de las estructuras cerebrales de las que depende esa función.

Si ante la escena del supermercado reaccionamos con más violencia, si nos enojamos, nos burlamos, lo ignoramos, no lo estamos ayudando como necesita. En ese sentido la escena representa un desafío en el cual nos encontramos con que los deseos del niño chocan con los nuestros, y muchas veces por este motivo nos sentimos enojados y tendemos a reaccionar airadamente, perdiendo la calma. Se genera así un círculo vicioso de enojo en el que la desregulación del niño incita la desregulación del adulto, que a su vez sigue estimulando la desregulación en el niño.

Nuestro hijo/a y solito/a no puede, necesita de nuestra calma para poder encontrar la suya. No lo castiguemos por lo que siente y que nosotros no estamos entendiendo bien -sí, nosotros también podemos sentirnos frustrados/enojados con su desregulación-. Una manera en la que podríamos intentar ayudarlos sería primero poder reconocer nuestro enojo, y tomarnos unos segundos para volver a la tranquilidad, lo que nos va a permitir encontrar formas creativas de enfrentar la situación. A veces podrá servir bajar a su altura, mirarlos a los ojos, hablarles bajito, ponerle nombre a lo que pueden estar sintiendo, darles alguna explicación sobre porqué se sienten así, distraerlos con otra actividad, ofrecer acompañarlos/abrazarlos hasta que se pase el enojo, proponer que tome otro objeto diferente al que quería y consideramos que no le podemos dar. En definitiva, ofrecerle alternativas a la acción que lo frustró, puede ayudarnos a salir de esa experiencia difícil. No es dejarlo hacer lo que quiere si eso puede ponerlo en riesgo, es poder cuidarlo de algo potencialmente dañino y acompañarlo cuando el ejercicio de ese cuidado frustra algo que desee hacer y que todavía no puede entender que para él puede ser peligroso –ej: querer tomar de una botella de lavandina, acercarse a la góndola y querer tirar cosas al suelo-. Es poder decirle que no con amor y paciencia, y acompañarlo y contenerlo en la frustración y el enojo de no poder hacer algo que quiere.

El enojo genera más enojo y los papás, frente a la impotencia que nos produce la desregulación de nuestros hijos y el no saber bien cómo afrontarla, solemos recurrir a las penitencias o castigos como primera medida, perdiendo la posibilidad de explorar otros recursos que faciliten la resolución la situación. Y claro que también puede haber niños a los que esta manera que proponemos de acompañarlos no les sea de total ayuda, o no sea adecuada a su edad y desarrollo. Quizás nuestro hijo puede estar tan enojado o frustrado que no quiere que lo acompañemos a su lado, o que lo miremos a los ojos mientras le hablamos.

La desregulación, tanto para el niño como para papá o mamá, suele ser uno de esos momentos de la experiencia humana en los que podemos llegar a sentir algo desagradable con tal intensidad, que no nos bancamos a nosotros mismos y en el que tampoco podemos acercarnos al otro. Pensar formas en las que podamos acompañarlos a la distancia que sea cómoda para ellos y para nosotros, permite buscar cada vez hasta dónde podemos acercarnos calmadamente, sin forzar, respetando su espacio y el nuestro.

Cuando decimos que los berrinches no existen, lo que queremos destacar es que no son la expresión de un “capricho arbitrario”, y sí son la expresión de una falta de regulación frente a una emoción que los desborda. Así como los niños tienen que lograr una maduración para adquirir funciones motoras como caminar, correr, saltar, andar en bicicleta, etc., también necesitan lograr una maduración para adquirir el control de funciones psicológicas muy importantes como lo es la autorregulación de las emociones. Al igual que en aquellas funciones -donde cuentan con nosotros como apoyo y guía- nos necesitan para el desarrollo de ésta, y cuando podemos mantener la calma y comprensión les estamos ofreciendo un modelo de regulación.

Ser padres es una tarea difícil, a tiempo completo y para toda la vida, es un aprendizaje donde todo el tiempo nos encontramos frente a situaciones en las que podemos sentir que no contamos con las herramientas para resolverlas. Como decía Mafalda, nos recibimos de padres el mismo día en que ellos se reciben de hijos, aprendemos juntos con ellos a ser padres. Si tenemos la oportunidad de compartir nuestra experiencia con otros que nos ayudan a pensar las dificultades y cómo encararlas, podemos sentirnos acompañados, más confiados, y aliviados como papás.


Criando Con Sentido
Lic. Dolores Steverlynck
Lic. Patricio Solari
(Psicólogos)
Instagram: @criandoconsentido

 

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